19 abr aceptarse

diecisiete años llamándose Fredesvinda eran demasiados para ella…

Diecisiete años llamándose Fredesvinda eran demasiados para ella. Menuda, minúscula, de aspecto frágil, algo insegura y siempre dudosa de todo  y de todos.

Años jugando con las letras de su nombre para que en el colegio no se rieran de ella, “Fredes”, “Vinda”, “Freda”,”Frida”. Avergonzada y agachando la cabeza siempre que le preguntaban por su nombre y escuchaba la eterna respuesta, a la vez una pregunta y también una sorpresa “¡¿Fredesqué?!”.

Nadie en su familia se llamaba así, no coincidía con el santo del día… entonces ¿Por qué esa ocurrencia de llamarla así?.

Un día, desesperada, le dijo a su madre que quería cambiar el nombre. La madre sorprendida, le preguntó “¿Por qué, para qué, acaso no te gusta?

Y Fredesvinda lloró y lloró amargamente tantos años de burlas por un nombre que odiaba y que no entendía quién lo decidió y por qué lo decidió.

Después de escucharla atentamente, su madre la abrazó como las madres abrazan a sus hijos,  aunque ellos crezcan y ellas encojan. Envolviendo.

Y explicó lo que nunca había contado a nadie, excepto a su marido:

-“Fredesvinda se llamaba tu tía abuela, era una hermana de mi madre. Yo era muy pequeña cuando sucedió todo. Nuestra familia, era miedosa, conservadora, buena, pero siempre pendiente del qué dirán. Mi tía Fredesvinda quería estudiar una carrera, ser una mujer independiente y volar como no había volado ninguna de las mujeres de mi familia. Las discusiones con su padre se sucedían y Fredesvinda no daba su brazo a torcer.

Mi abuelo decidió casarla con el hijo de su mejor amigo del pueblo, no impusieron pero sí forzaron un noviazgo en el que Fredesvinda no se sentía feliz. Pero se dejó llevar y llevar.

No participó en los preparativos de la boda, ni en el arreglo de la casa que les habían cedido mis abuelos, no eligió traje, ni viaje, se dejó llevar y llevar.

Cada día estaba más triste y apagada. Mientras le probaban el traje de novia, yo, un renacuajo de seis años, la llorar. La abracé y pregunté por sus lágrimas…”voy a hacer algo que no quiero hacer” y yo, ignorante de todo, solo dije “¡Ah!, ¿pero las personas mayores solo pueden hacer lo que mandan los padres?, yo creía que cuanto te hacías mayor podías elegir”. Y la tía Fredesvinda, secó sus lágrimas, me abrazó y me dijo “tienes razón, ya soy mayor y puedo elegir…¡¡elige tú siempre!!.

Y eligió.

A la mañana siguiente nadie pudo encontrarla ni saber nada de ella. Solo había dejado una carta tranquilizando a sus padres y su novio. Estaba bien pero se iba, porque había elegido su propia vida.

Un escándalo mayúsculo, silencio absoluto, Fredesvinda dejó de existir en nuestras vidas por orden de mi abuelo que nunca la quiso perdonar.

Cuando cumplí los 21 años recibí una carta de la tía Fredesvinda, había cortado todas las amarras, cruzó el océano y viajó a América. Se estableció en Argentina, estudió una carrera, trabajó en un organismo que ayudaba a niñas con pocos recursos a estudiar e independizarse. Viajó por medio continente, enseñó y ayudó a los demás, fue libre, amó y fue amada, tuvo hijos a los que siempre dejó elegir. Era feliz y me debía, decía, su felicidad.

Iniciamos una maravillosa relación epistolar que solo acabó cuando ella falleció. El resto de la familia nunca supo de nuestra amistad y nuestro amor, excepto tu padre. Y cuando tú naciste, no encontré mejor homenaje a mi tía que llamarte igual. Por cierto, tienes una prima en Chile que se llama también Fredesvinda, como tú”.-

Las dos Fredesvindas se cartean (en realidad “meilean”) desde hace tres años. Son grandes amigas, ahorran ambas para encontrarse en un lugar intermedio.

Nuestra Fredesvinda lleva con orgullo su nombre y comprueba que desde que “ha comprado” su nombre, lo sabe “vender” a los demás.

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