14 feb Amar

el 37 de las flores

 

Fermín no sabía que hacer con María. No comía, no dormía, no hablaba, no salía de casa. Solo sabía llorar.

Fermín y María se conocen desde niños, vecinos del mismo pueblo, un gran pueblo con calles que casi parecían avenidas, con hermosas villas, edificios en piedra y grandes casonas solariegas. Un pueblo importante, rico y próspero, del que María no se hubiera marchado nunca, pero del que Fermín quería huir buscando más tamaño, más colegios, más industria, más riqueza. Buscando una ciudad. Y a una grande se marcharon al poco de casarse.

En ella se establecieron, Fermín trabajó y prosperó, María se dedicó a su casa, a sus muchos hijos, pues muchos llegaron y a Fermín, con mucho amor, sin un solo reproche ni queja, con una generosidad inmensa.
Y mansamente vieron pasar el tiempo, la vida, los problemas, los sinsabores y también los buenos momentos, que fueron muchos.

Cuando los hijos se fueron de casa, Fermín y María decidieron mudarse a un apartamento en una gran torre. No necesitaban más espacio y María tendría menos trabajo en la casa.

Igual que pasan los años, también pasan los recuerdos en los cerebros de algunas personas. Y María ya no es María, porque ni habla, ni come, ni duerme, ni sale. María solo sabe llorar.

A veces confunde el nombre de sus hijos.
A veces olvida lo más simple o más sencillo.
Y olvida apagar el gas.
Y olvida el nombre de la calle en la que vive y se pierde y la policía tiene que llevarla a su casa.

Y un día…un día mira con ojos vacíos a Fermín y comienza a hablarle de usted.
Fermín solo sueña con dar felicidad a su María y pregunta insistente…”¿Qué quieres mi amor, qué quieres? “y ella, en un susurro solo dice “el 37, el 37″.

Fermín no consigue entenderla, hasta que un día, María, es capaz de decir algo más…”El 37 de las flores” y Fermín comprende todo. Era la casa de su infancia, el 37 de la calle principal, con jardín y huerta que la madre de María cuidaba con devoción. Pero esa casa se vendió hace muchos años y aunque su pobre cuerpo pudiera resistir el viaje, no podrían trasladarse allí.

Fermín recorre todas las colonias ajardinadas de su ciudad, le da igual la calle y la colonia, solo busca un número, el 37. Que esté vacío, en venta o alquiler, pero que sea un 37.

Y lo encuentra. Y lo alquila. Y prepara la mudanza.

Y cuando todo está listo, vuelve a escuchar a María “el 37 de las flores”. Y se da cuenta de que a su regalo le falta un detalle, ¡¡las flores!!.
No tiene tiempo para sembrarlas, hacerlas crecer y mudarse, porque a María, a su María, se le escapa el tiempo de las manos.

Ayer, Fermín arrasó con una tienda de flores artificiales, las compró todas, y con sus propias manos, trenzó enredaderas, sembró parterres, decoró puertas y ventanas. Envolvió al 37 en flores de tela, plástico y papel.

Hoy, Fermín, ha sacado a María de casa prácticamente a la fuerza. A una María que le mira con ojos huecos y le llama de usted. Han tomado un taxi, han llegado a la colonia y juntos, de la mano, se han parado delante de la casa.

María ha abierto los ojos, su cara se ha llenado de luz, su cabeza de recuerdos, ha sonreído y ha dicho: “el 37 de las flores, vamos a casa, Fermín”.
“Vamos a casa, mi amor“.

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